Las emociones. En la pareja. Vinculaciones y fidelidades.

Las emociones. En la pareja. Vinculaciones y fidelidades.

LAS EMOCIONES

“Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”,  según Carl  Gustav Jung.

A lo largo de nuestra vida vamos experimentando una serie de hechos que nos impactan emocionalmente, en mayor o menor medida. Para sobrevivir al momento en que se producen los hechos dolorosos, rechazamos las emociones que nos producen, las reprimimos y las guardamos en nuestro inconsciente.

Sólo pudimos reprimir nuestras emociones (rabia, miedo, etc.) y esconderlas en nuestro inconsciente, a la espera de poder encontrar una solución para ellas.

Pero mientras permanecen en el inconsciente, ejercen y actúan, para sorpresa y desazón nuestra, dado que nuestra conciencia no es consciente de ello.

Así pues, a medida que vivimos, vamos llenando nuestro almacén inconsciente de memorias dolorosas, cada una de ellas, con su correspondiente energía asociada.

En nuestro almacén inconsciente de memorias dolorosas, cada uno de nosotros llevamos una mochila única, con una mezcla única de memorias y energías asociadas, gracias a la cual emitimos y captamos continuamente ondas de un determinado perfil.

Pero este contenido único de nuestra mochila cambia con el tiempo porque la mezcla de memorias y energías asociadas, procedente de nuestra herencia emocional familiar aún no está resuelta.

Está en constante movimiento, así como las emociones derivadas de todos los hechos fuertes y no digeridos que vamos viviendo a nivel personal en nuestro constante deambular por la vida.

Cuando estamos viviendo en el presente, algún hecho que resuena como algo doloroso que sucedió tiempo atrás, aquello memorizado en nuestro inconsciente, sintoniza y salta al momento presente con una fuerza dominante y desconcertante.

Esto hace que vivamos un presente condicionado inconscientemente por nuestro pasado, y que no comprendamos algunas reacciones de nuestro propio comportamiento, ni las de los demás.

Un destino que supera y somete a nuestra voluntad.

Nuestro aquí y ahora está influido y moldeado por nuestro pasado a través de las memorias vivas que poseemos del mismo. A este respecto, la conocida frase: “La infancia es destino”, nos da la pista de que una gran parte de nuestras memorias y energías asociadas provienen de cuando éramos pequeños, de la infancia.

Eso ya no tiene por qué ser cierto para siempre. Hoy podemos mejorar nuestro presente continuo cambiando convenientemente nuestras memorias.

“Hasta que yo no entre en mi inconsciente para salir de mi inconsciencia, éste continuará dirigiendo mi vida, y yo le seguiré llamando destino.”

LAS EMOCIONES EN LA PAREJA

Después de la familia de origen, el vínculo más importante y significativo es el que establecemos a lo largo de nuestra vida: la relación de pareja.

Todos deseamos tener pareja, un compañero o compañera de camino, ser felices con ella y que la felicidad y el amor duren.

Si nuestro más íntimo deseo es que la relación se logre y ponemos todo nuestro empeño en que así sea ¿por qué es tan difícil mantener una relación sana?, ¿por qué pese a nuestros esfuerzos nos enredamos una y otra vez en discusiones, reproches y descalificaciones que sólo conducen al sufrimiento?

Poco a poco vamos perdiendo la ilusión del principio cuando veíamos al otro, como un holograma de lo que queríamos ver o de lo que queríamos que fuera, es lo que denomina Bert Hellinger “amor a primera vista”, para ir dando paso al “amor a segunda vista”, cuando vemos al otro realmente tal y como es.

Pero en las relaciones que aparecen dificultades, estas son sólo un síntoma y no son la causa. Es en esta etapa donde se pone a prueba nuestra verdadera capacidad para amar, es donde empieza el aprendizaje.

Despojados de la “ceguera” del principio deberíamos empezar a comprender porqué hemos elegido a esa persona en concreto, qué tenemos que aprender con ella, qué parte de nosotros está reflejando. Aunque nos cueste asumirlo, nuestra pareja es una proyección de nosotros mismos, de cómo nos amamos, de nuestros miedos, nuestras creencias, nuestros vínculos y fidelidades sistémicas. La pareja es nuestro espejo.

Así, si yo no soy capaz de amarme por lo que soy, raramente atraeré a alguien que me ame y me valore. Cuando alguien comenta: “Mi pareja me trata mal o no me valora”, siempre deberían de hacerse ellos mismos estas preguntas: Y yo ¿cómo lo trato? ¿cómo me valoro a mi mismo?

Queremos que nuestra pareja nos de lo que nosotros no somos capaces de darnos.

Cuando la relación de pareja entra en dificultades, entonces se convierte en un gran imán que es capaz de absorber gran parte de las energías de ambos. Es tanto el dolor por lo que ocurre que los ciega y no les posibilita ver, ni llegar, más allá del conflicto. Ya que en una relación de pareja es donde se representa lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros.

Cuando llegamos a la pareja no estamos solos, llegamos impulsados por nuestro sistema familiar; los sistemas se necesitan para sanar y equilibrar y ninguno es mejor que otro.

Como comentaba anteriormente, cada uno lleva su mochila llena de memorias y energías, mediante las cuales emitimos y captamos continuamente ondas de un determinado perfil.

Cuando éstas sintonizan muy bien con las de otra persona, que vemos como potencial pareja, nos enamoramos, estamos felices con ella y comemos perdices.

El contenido de esta mochila va cambiando con el tiempo, esta en constante movimiento, y a consecuencia de ello, también cambia el perfil único de nuestras ondas y, por tanto, nuestra habilidad única para sintonizar con las de nuestra pareja, que a su vez, también cambian en el tiempo. Así, pues, según la evolución de cada uno, la relación de pareja puede hacerse más íntima, mantenerse o dislocarse.

A partir de aquí se pueden empezar a hacer diferentes movimientos, a actualizar acuerdos establecidos que estén obsoletos, y para ello hay que estar dispuesto a cambiar rutinas, a aprender a comunicarse con amor, a hacer una escucha de las necesidades y reproches del otro, dando espacio a lo que ocurre a cada uno de los miembros. Desde el respeto, se trata de aprender a ver al otro con sus necesidades y, desde ahí, restablecer el amor.

VINCULACIONES Y FIDELIDADES

La falta de autoestima y la dificultad para realizarnos puede venir de experiencias negativas de la infancia, pero también de vínculos sistémicos y promesas hechas a nuestros padres a edad muy temprana que lógicamente olvidamos.

Si bien quedan registradas en nuestro inconsciente más profundo y actúan de forma automática. Una promesa muy común sería: “Si tu no eres feliz, yo tampoco” “Te acompaño en tu desgracia”. Y así, con nuestro amor inocente, infantil y mágico, creemos que podemos hacer desaparecer o aliviar la infelicidad de nuestros seres queridos.

Algo muy parecido ocurre con la fidelidad a nuestros ancestros. A veces estamos vinculados a antepasados, incluso de varias generaciones atrás, acarreando un destino que no nos pertenece porque ellos no pudieron ser felices o sufrieron vejaciones, abusos y exclusiones.

La solución a esta forma de infelicidad es descubrir el vínculo que produce el bloqueo, a qué o a quién estamos vinculados, que nos impide avanzar y una vez identificado observarlo con amor y separarnos.

Comprender que nuestros padres y antepasados tuvieron su vida y su destino y honrar profundamente a ambos. Aprendemos a amar de una forma adulta cuando agradecemos la vida que nos han trasmitido y nos permitimos ser felices para que todos sus esfuerzos y desvelos no hayan sido en vano.

Muchas veces pese a las riñas y el continuo malvivir, seguimos sintiendo que amamos a nuestros seres queridos, e incluso que ellos también nos aman, entonces cabría preguntarse ¿no es suficiente con el amor?

Bert Hellinger, a través de las diferentes dinámicas que se desarrollan en las constelaciones familiares, pudo observar que el amor sigue unos órdenes, y que sólo respetando estos órdenes puede fructificar. Estos órdenes, con ligeros matices rigen todas las relaciones humanas.

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